LOS RESTAURANTES SECRETOS DE LA COSTA AMALFITANA A LOS QUE SOLO SE LLEGA EN BARCO
THE SCENEEn esta costa, los mejores almuerzos no tienen carretera. Se llega en barco, descalza, y se queda una la tarde entera.
Hay una geografía secreta en la Costa Amalfitana y en Capri que no está en las guías, y que se aprende con el tiempo. Es la geografía de las mesas acertadas, de los clubes de playa a los que solo se llega por el agua, de los almuerzos que empiezan a mediodía y terminan cuando cambia la luz. De esa geografía nacieron algunos de los nombres de esta colección.
Da Adolfo, en la playa de Laurito. Una barca de madera con un pez rojo pintado en el mástil parte del muelle de Positano y te lleva a una playa sin carretera, donde la mozzarella se asa sobre hojas de limonero y el vino blanco se enfría en un cesto dentro del mar. El Da Adolfo es uno de los rituales más bellos de la costa, y hay que reservar con días de antelación.

Lo Scoglio, en Marina del Cantone. Más allá de Positano, en la península sorrentina, está la mesa a la que media Italia rema para almorzar. La familia que lo lleva desde hace generaciones sirve el pescado del día y los espaguetis de calabacín al borde del agua. Scoglio quiere decir roca, y fue este restaurante, adorado por quien busca lo auténtico y no lo visible, el que dio nombre a uno de los collares de la colección.

La Fontelina, a los pies de los Faraglioni. En Capri, sin carretera, solo un sendero por el acantilado y una barca de vuelta, La Fontelina tiene el agua más turquesa de la isla y el espíritu de un club de playa que nunca necesitó promocionarse. De él vino el nombre del collar Fontelina, ese hilo de conchas blancas hecho para el baño antes del almuerzo en las rocas.

Da Luigi ai Faraglioni. Al otro lado del arco de roca, el rival histórico de La Fontelina sirve la misma vista desde otro ángulo. Se llega en barco, se almuerza casi con los pies en el agua, y se entiende por qué esta franja de mar cautiva a la gente desde hace décadas.

La Canzone del Mare, en Marina Piccola. En los años treinta, la cantante Gracie Fields construyó aquí su club de playa, y Capri ganó su canción del mar. El nombre, y el romance fácil del lugar, dieron origen al collar y a los pendientes Canzone, de corazón rojo entre cuentas blancas y azules.

Lo que estas mesas tienen en común no es la comida, es la actitud. Se va descalza, sin prisa, con poco. Un bañador que pasa del mar a la mesa sin esfuerzo, una pieza de joyería que aguanta la sal y la luz. Ese es el vestuario adecuado para la costa: ligero, resuelto, hecho para durar la tarde entera y el verano entero.Sofia Godinho
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