LA COSTA AMALFITANA COMO NUNCA LA HAS VISTO: VISTA DESDE EL MAR
THE SCENELa Costa Amalfitana fue construida para verse desde el agua. Solo en barco se entiende lo que quisieron decir.
Durante siglos, la única forma de llegar a estas villas era por el mar. Las casas se apilaron en los acantilados de frente al agua, las iglesias miraban hacia los barcos, las playas escondidas para quien venía de tierra y evidentes para quien venía del mar. Ver la Costa Amalfitana desde un barco no es una actividad turística. Es ver la costa como fue pensada.
La arquitectura que solo se lee desde el agua. Positano, desde tierra, es una escalinata infinita. Desde el mar, es otra cosa: una cascada de casas color melocotón, ocre y blanco bajando hasta el agua, con la cúpula de mayólica de Santa Maria Assunta en el centro. Ninguna fotografía de calle la atrapa. Hay que alejarse en el agua y mirar hacia atrás.

Las grutas donde la luz entra por debajo. En barco se llega a lo que la tierra esconde. A la Grotta Azzurra de Capri, donde la luz atraviesa el agua por debajo de la roca y llena la caverna de un azul eléctrico. A la Grotta dello Smeraldo de Conca dei Marini, donde el mismo fenómeno ocurre en verde esmeralda. Son colores que no se explican. Fueron ellos los que dieron el azul al bañador Capri y el gradiente al bikini Marini.

Los Faraglioni y las islas de las sirenas. Pasar en barco por debajo del arco de los Faraglioni, en Capri, es un pequeño ritual: se dice que da suerte, y hay quien sella el momento con un beso. Más al norte, frente a Positano, están las islas de Li Galli, las islas de las sirenas, aquellas cuyo canto Ulises habría oído al pasar, y que el bailarín Rudolf Nureyev compró para bailar en ellas lejos del mundo.


El fiordo que la carretera no muestra. El fiordo de Furore, entre Positano y Amalfi, es casi invisible desde arriba. Solo desde el agua se percibe la franja de playa bajo el puente de piedra, encajada entre acantilados verticales, con las antiguas casas de pescadores aferradas a la roca. Es el paisaje más dramático de la costa, y el más difícil de encontrar sin un barco.

Un día en el mar tiene su propio ritmo y su propio vestuario. Se va con poco: el bañador que se pone una por la mañana y no se cambia, una camisa de lino para el viento, un collar que aguanta la sal, unas gafas de sol. Es el día más sencillo de vestir y el más bello de recordar. Quizá esa sea la verdadera lección de la costa vista desde el mar: que las cosas más bellas son casi siempre las que se ven despacio, de lejos, y sin prisa por llegar.Sofia Godinho
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